Por Diego Spivacow,
para la muestra Portarretrato

Fragmentos para un portarretratos

Hace poco más de un año, el viejo departamento de Bulnes era una ilusión casi como es hoy, acá, en la galería Le Boulevard: un espacio sólido y macizo, más un volumen que un espacio. Había permanecido cerrado desde que Perla decidió mudarse definitivamente a un pueblo de Entre Ríos. Aunque fue escrupulosamente conservado, un silencio impenetrable lo rodeaba, y nadie hablaba de él en la familia. Hasta que luego de 25 años, Catalina, la nieta de Perla, quiso instalarse allí. Encontró un mundo que le era desconocido, el mundo que su abuela en su afán acumulador había dejado intacto, con cientos de productos sin usar en sus envases originales, adornos de plástico y joyas de imitación.
Allí realizó estas fotografías.

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El espacio impenetrable te expulsó como un tejido expulsa a un cuerpo extraño. Esta masa amorfa, mitad viva mitad muerta, terminó escupiéndote, reivindicando su clausura y su quietud, como el capricho terminal de un viejo achacoso que prefiere estar sucio y en silencio.

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En un portarretratos guardamos las imágenes de nuestra memoria afectiva. Nos muestran en nuestros mejores momentos, juntos y felices, nos representan ante las visitas y sobre todo ante nosotros mismos. Son el pequeño soporte de nuestra imagen oficial, idealizada por definición, por más honesta o descuidada que se pretenda.

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Trabajar sobre la memoria, intentar transformarla, torcerla.
O simplemente hacerla más tolerable.

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En este portarretratos no hay personas, solo un espacio: un departamento que es la imagen pasada de una familia, un espacio cerrado donde sucedieron historias que fueron enterradas pero aún están vivas.
También hay una cámara ante un espejo.

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Abrir Bulnes, dejar que entre el aire. Darle vida con la belleza de las fotos. Compartir, no acumular, desenterrar sus tesoros de hojalata y bijou de plástico y transformarlos, iluminarlos.

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Cubrir el abandono con el simulacro de una nueva clausura
O tapar el mundo con la ilusión y la belleza de un decorado inmóvil o un telón teatral, con un pase de magia o mejor, un conjuro de imágenes concentradas de objetos embellecidos y exaltados fotográficamente, inmóviles y perfectos. Imágenes que reemplacen la imagen familiar de abandono por otra tan idílica como el retrato autorizado de una estrella televisiva de los años 50.
Pero con los objetos vino su aire, el aire lo invade todo. El espacio que rodea a los objetos es una materia espesa que los acompaña y se revela ante la lente como un objeto más que se aprieta contra los límites del encuadre. El conjuro se abre como un tesoro de belleza que estuvo cerrado durante siglos, que cautiva y también apesta.

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La fotografía como alquimia
¿Cómo transformar el plástico en oro, cómo construir un nuevo portarretratos? Catalina parece decir: seleccionando, separando, componiendo y fotografiando, para que la nueva imagen quede congelada como Disney o cualquier familia feliz en cualquier portarretratos, y así enfrentar a la realidad más opaca. Un nuevo orden para estos objetos, que se separe de la acumulación obsesiva para acercarse al amor y al cuidado de una verdadera colección. Un nuevo imaginario que desplace el encierro por nuevas memorias donde los plásticos parecen cristales, el papel parece seda, el nácar seguro es de verdad.
La composición se descubre como transformación, animación y alquimia en un orden vital y a la vez oscuro. Como un hallazgo, la forma está ahí estática y extática, se nos revela para que la miremos, exuberante, casi obscena. Las texturas de las superficies, los brillos de los materiales, la luz y los colores evidencian un deleite que es a la vez negación y clausura del viejo portarretratos: la concentración de la mirada abstrae e hipnotiza, nos captura. El telón es pequeño frente a la realidad ineludible, pero lo que nos
muestra tiene la fuerza de la fe.

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La cámara ante el espejo
Catalina se mira en este espacio como quien se mira en un espejo y, nuevamente, es la cámara quien le permite ausentarse de su propio autorretrato, mirar con distancia las fotografías, y así construir otra imagen.
Sin embargo, como en un juego interminable de clausuras, aperturas y espejos infinitos, la ilusión se
fragmenta y se exhibe como tal en su hechura, en un proceso de (des)composición inverso al de sus fotos.

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No se puede tapar el cielo con las manos, pero se puede poner algo hermoso delante que haga que no lo miremos.
Y quizás tampoco el cielo es tan real como pensábamos.

Mi Micromuseo
Yerbal 2244, Galería Le Boulevard, Flores
Buenos Aires
Mayo 2014

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