Por Clara Diaz,
sobre la serie Perlita

Catalina Romero una coleccionista de mundos.
Fotógrafa de 24 años, vivió hasta los 12 con su familia en Entre Ríos, para luego volver a Buenos Aires, la ciudad donde nació.

Las fotos de Catalina retratan reliquias, pedacitos de un pasado que en cada imagen invocan la presencia de su abuela. Una piedra diminuta dentro cofre diminuto, luego la misma piedra con un collar de caracoles enrollado, botellas con cadenas que salen y entran de su interior, tazas de té con bollitos de papel dentro, una cuchara y un porta retratos. En cada imagen un objeto se relaciona con otro, inmutables y hermanados como si esa proximidad existiese desde siempre.
Sobre una mesa antigua reposa todo su material de trabajo. Una colección que posee hasta papel higiénico rosado del más suave que se haya podido palpar.

Catalina encontró estos tesoros allí donde nadie entraba hace años, guardados en muebles llenos de polvo, en una casa donde se respira una historia intrincada, de esas que cuestan ser olvidadas. Se fascino con cada uno de ellos, los eligió cuidadosamente, los dispuso sobre una mesa y comenzó a componer sus instantáneas de tocador.
En el género del paisaje y el retrato siempre hay algo descontrolado atrapado en su movimiento. Lo impredecible puede suceder: si al modelo le viene un estornudo, si se nubla repentinamente y cae un chaparrón, o un simple viento, bastan para modificar la escena.

En estas fotografías nada de eso parece suceder, todo está quietísimo y en perfecto orden. Ella selecciona y combina sus objetos según empatías formales y manipula esta colección como si fuesen actores para su película muda.